Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Según la Tradición, la Virgen Madre de Dios nació en Jerusalén, junto a la piscina de Bezatha.
La Liturgia Oriental celebra su nacimiento cantando poéticamente que este día es el preludio de la alegría universal, en el que han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación. Por eso nuestra liturgia nos invita a celebrar con alegría el nacimiento de María, pues de ella nació el sol de justicia, Cristo Nuestro Señor.
Nace María. Nace una niña santa. Nada se nota en ella hasta que crece y comienza a hablar, a expresar sus sentimientos, a manifestar su vida interior. A través de sus palabras se conoce el espíritu que la anima.
Se dan cuenta sus padres: esta niña es una criatura excepcional. Se dan cuenta sus compañeras: que se sienten atraídas por el candor de la niña y, a la vez, sienten ante ella recelo, respeto reverencial. Sus padres no saben si alegrarse o entristecerse. Para conocer lo sobrenatural hace falta tiempo y distancia.
Los niños hacen lo que ven hacer a los mayores.
La niña santa no imita los defectos de los mayores y obra según sus convicciones. Cuando nació Juan Bautista, la gente se preguntaba "¿qué va a ser este niño?" (Lc 1,79). De María se preguntarían lo mismo.
Ella comprende que, aunque quisiera hablar de lo mucho que lleva dentro, debe callar. Y tiene que vivir en completa soledad, de la que es un reflejo, el aislamiento del niño que crece entre gente mayor.
1)
Honremos a la Santísima Virgen en el día de su nacimiento, y tomemos parte en la alegría, de todo punto extraordinaria, que siente la Iglesia entera, al solemnizar hoy el venturoso instante en que hizo Dios aparecer en el mundo a Aquella de quien tomó principio la salvación de todo el género humano.
Dios, que conduce todas las cosas con sabiduría, cuando formó el propósito de salvar a los hombres y de nacer como uno de ellos; prefirió escogerse una virgen que fuera digna de ser su templo y su morada. Y, con el fin de preparársela tal como la quería, dispuso que se viera adornada por el Espíritu Santo con todas las cualidades naturales y sobrenaturales, que mejor pudieran convenir a la Madre de Dios.
A ese fin, era menester que el cuerpo de esta Virgen sagrada estuviese tan perfectamente formado, y tan bien dispuesto ya al nacer, que pudiera contribuir a la santidad del alma; y que el Espíritu Santo, descendiendo sobre Ella, la pusiera en condiciones de hallar gracia delante de Dios, ser objeto de sus complacencias, y recibir de El interiormente tal fortaleza, que le fuera posible resistir a todos los embates del maligno espíritu, capaces de corromper o, al menos, de alterar la pureza de su corazón.
¡Ah, cuán justísimo era que, en todos los órdenes fue se obra de Dios, y lo más perfecto que pudiera darse entre las puras criaturas, Aquella que había de servir para formar el hombre Dios!
2)
Admiremos el cúmulo de gracias con que Dios adornó a la Santísima Virgen en el instante de su nacimiento. Tan colmada se vio de ellas, que ninguna mera criatura ha habido nunca semejante a María, ni la habrá jamás.
El Espíritu Santo, haciéndola participe de su plenitud, la comunicó todos sus dones, y asentó ya desde aquel momento en Ella su morada, para disponerla a recibir en su seno, y llevar en él al Hijo de Dios humanado. Le dio, inclusive, corazón tan penetrado por el amor divino, que no respirase sino por Dios.
Nada había en Ella que no dijera relación exclusiva a Dios: su mente se ocupaba sólo de Dios y de cuanto le descubría Dios serle agradable; todas las potencias de su alma tenían como única función tributar a Dios sus homenajes; su cuerpo mismo servía de instrumento a las acciones santas que se operaban en Ella; las cuales contribuían a espiritualizarlo en toda la medida de lo posible, y a hacer de él el santuario sagrado, donde entraría a su tiempo Jesucristo y donde se ofrecería interiormente a Dios como víctima inmaculada, para purificar hasta su última perfección el alma de esta Virgen Santísima, de la que el Espíritu Santo se adueñó en el instante mismo de su nacimiento.
¡Oh! ¡Qué día tan feliz fue éste para Ella y aun para todos los hombres, que hallan en María su
universal refugio, en razón del tesoro de gracias que en Ella depositó Dios, desde el momento de su aparición en el mundo!
3)
No es posible hacerse cargo de la fidelísima correspondencia de María a todas cuantas gracias
recibió de Dios en el instante de su natividad. Como, por especial privilegio, tenía ya entonces el uso de la razón, se sirvió de ésta para adorar a Dios y darle gracias por todas sus mercedes. Se consagró ya entonces totalmente a Él para no vivir, ni tener en el resto de sus días, vida ni
movimiento que no fueran ordenados a EL.
Se anonadó profundamente en lo íntimo de su alma, porque todo se lo debía a Dios. Admiraba en su interior lo obrado por Dios en Ella, y se decía a Sí misma lo que publicó después en su Cántico: Dios ha hecho en Mí cosas grandes (1).
Y mirándose a Sí, y contemplando a Dios en Ella, asombrada de la profusión con que Dios se había derramado en su criatura, se persuadió y aun se penetró de que todo en Ella debía tributar honor a Dios, y repetir sin cesar con David que hasta sus huesos eran tan deudores a Dios que no podían menos de exclamar: ¿Quién como Dios? (2).
Si María recibió tal copia de gracias fue para que hiciese partícipes de ellas a los hombres que
acuden a su protección. No desaprovechéis, pues, los frutos que podéis sacar de recurrir con toda diligencia a María.
San Juan Bautista de la Salle

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