Catequesis
  por el Pbro. Carlos A. Pérez
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La Oración

“Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.”
(Mt. 6, 5-8)

1) “Orar es estar frecuentemente a solas en un trato de amistad con Aquel que sabemos que nos ama”. Esto nos dice Santa Teresa de Jesús.
Es imposible no orar para quien ama a Dios. Orar es el necesario ejercicio del amor que nace del hombre que busca a su Padre.
Cuando dejamos de rezar, no es por falta de tiempo, sino por haber dejado entibiar el corazón; la frialdad, la indiferencia, los ídolos, la pereza, atentan contra un corazón que quiere hacer oración, porque lo incapacitan para amar y … orar es amar.
Lo primero que la oración necesita, es un corazón no dividido. No puedo tener dos amores opuestos; nadie sirve a dos señores. Y a la vez, cuando mi oración es una clara opción en favor del único Dios, debo estar alimentándola continuamente para que no decrezca, sino que llegue a una verdadera plenitud en el amor. ¿Qué sabe el que no ha sufrido? E igualmente podemos decir, ¿qué sabe el qué no ha rezado?

2) Sólo al abrigo de la oración, el Señor nos tiene reservados grandes secretos; la oración es indispensable porque nos hace pobres, niños, concientes de nuestra carencia, y en consecuencia como el Publicano del Evangelio descubrimos que solo nos queda confiar en Dios, amar a Dios, pedirle, llamarlo con total confianza, con filial abandono. El Señor es nuestro Pastor, ¿Qué nos puede faltar?
Somos como el linyera, carente de todo, que vive tocando timbre de puerta en puerta; siempre pobre, siempre pidiendo, siempre confiando, siempre recibiendo o esperando; conscientes de nuestra pobreza, al sumergirnos en Dios, quedamos llenos de lo único necesario, que es su Gracia Salvadora. En la oración como en toda la vida espiritual del cristiano, no vivimos de rentas; hoy vivo por hoy; mañana deberé vivir la oración de mañana. La oración es el único campo habitable para el creyente que ama a Dios. Es el único clima respirable, sin el cual aparece fácilmente el ahogo o la asfixia.
La oración, que gradualmente nos va haciendo crecer en la experiencia del conocimiento vivencial de Dios, nos hace vivir un profundo misterio de Amor, de Comunión, de Amistad, de Filiación. Somos hijos en el Hijo con respecto a nuestro amado Padre Dios; hemos recibido el espíritu del Hijo que nos hace clamar Abba y hace que en nuestra vida, todo sea filial y fraterno.

3) Más allá de los tiempos concretos de oración, debemos vivir amando y orando.
En primer lugar, para que la oración sea tal, es necesario que como María tengamos un corazón dispuesto a escuchar la Palabra que nos es dirigida; Dios nos habla en cada Palabra Revelada y sumerge nuestra vida en el misterio de su Vida Trinitaria; nos hace concientes vivencialmente de nuestra realidad de partícipes de la naturaleza divina, haciéndonos buscar como respuesta al Señor una vida llena de amor, que al modo de María se traduzca en una sola e ininterrumpida palabra: “sí”, “fiat”. “Hágase en mí la Voluntad del Padre”.
Él nos invita, nos llama, nos ofrece; de nosotros depende que se produzca una relación recíproca de amor. Él nos amó primero. Nos da el poder decir: sí; se ofrece a convertirnos.
No sólo la Sagrada Escritura, es la Palabra que Dios pronuncia para nosotros. Nuestra vida está llena de acontecimientos que están expresamente presentes en el querer del Padre y en cada acontecimiento salvador el Señor nos habla, nos interpela, nos inquieta, nos interroga … “Señor, qué quieres que haga?” “¿qué quieres tú Señor?” Los acontecimientos, las alegrías, las pruebas, las luchas, todo esto es ocasión para desentrañar la Palabra de Dios, que exige un corazón dispuesto a escuchar y a responder. Debemos aprender a descubrir en todo, el paso de Dios y su voz de Padre.
Cuántas veces no tenemos el corazón abierto al Padre, que tan sutilmente se nos manifiesta de muchas maneras; al Padre le encanta manifestarse y tenemos que tener siempre la radio encendida en la frecuencia correspondiente para escucharlo con el corazón atento. De lo contrario sin escuchar al Padre que nos habla en su Hijo, no podremos dejar al Espíritu clamar en nuestros corazones; lo tendremos aprisionado; porque Él intenta dar al Padre, la respuesta que la Palabra del Padre exige y que nosotros por nuestra flaqueza, no podemos dar; pero si estamos abiertos a Cristo, Palabra del Padre, que se nos comunica de mil modos, nos preguntaremos cómo responder, como María y el Espíritu clamará: hágase, Padre. Pobres como María preguntamos y ricos como María, el Espíritu responderá en nosotros.
De este modo la oración se convierte en un estado sin interrupción (orad sin cesar); el corazón no puede dejar de amar y la oración continua justamente consiste en esto: en estar haciendo cada minuto de la vida, la voluntad del Padre, con total adhesión del corazón a ésa Voluntad; si permanentemente vivo deseando hacer la voluntad del Padre, estoy en constante oración, y aquí estamos tocando la más pura tradición de la oración; es este el espíritu eclesial en lo que hace a la oración; el santo vive en oración continua, porque ama sin cesar; a Dios y al prójimo, como expresión del amor a Dios y como expresión del amor de Dios.
La vida del santo llena de Dios, es una copa que rebasa amor y exige ser derramada. Cuanto más se da, más se llena del amor de Dios; aunque este en una multiplicidad de tareas, su corazón está firme en el Corazón del Padre, alimentando de Amor cada cosa que hace. Todo en él es oración porque ama sin cesar. Y como el buen Pastor, el santo en su responsabilidad misionera ora mucho por sus hermanos.


“Orad con amor cristiano y eficaz será la oración.
Orad y estaréis acompañando a Mi Corazón de Madre.
Orad y el Dios Altísimo, que os ve, recogerá vuestra oración.
Sed humildes, sed generosos, sed perseverantes.
Bendito sea el Señor, por Su Misericordia. Predícalo.”
20/03/89 – Mensaje 1628.

   
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