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La Reconciliación
Palabra de Dios
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.
Les hizo también esta comparación: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo? El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro. ¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo. ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Lc. 6, 36-42)
1: El tema de la Reconciliación es fundamental para nuestra vida cristiana; porque cuando el Señor viene a hacerse uno con nosotros para liberarnos del pecado, desde su Misericordia infinita, lo que hace es darnos el perdón. Un acto de perdón también infinito...Quiere que seamos semejantes a El en todo; no solamente porque nos dio inteligencia, voluntad y otros dones que nos asemejan a Dios; el Señor quiere que seamos semejantes a Él también en el actuar: sobre todo en el amar y el perdonar. Él ama al hombre intensamente; pero recibe del hombre el pecado, la ofensa...Jesús retribuye nuestro desamor con más amor. Nos lo da hasta el final, hasta la cruz, hasta la muerte...Esa es la actitud que el Señor espera también de nosotros: una creciente reconciliación que no se limite al perdón de una ofensa recibida: ese es un primer paso; pero la reconciliación bien entendida tiene una meta: es la unidad a la que el Señor nos llama. La Reconciliación no tiene límites; debe producirse hasta las últimas consecuencias.
2: Mientras tengamos vida estaremos necesitados de un mayor nivel de Reconciliación, de reencuentro, de sintonización con Dios y con los demás. El Señor habla de la importancia de no juzgar, de no condenar. Uno puede juzgar acciones; pero no a las personas. El corazón del hombre solamente es conocido plenamente por Dios. También habla Jesús del peligro de ver la paja en el ojo del hermano y no ver la viga que tenemos en el nuestro. A medida que vamos reconciliándonos con Dios, nosotros mismos nos vamos descubriendo tremendamente necesitados de El; entonces nos volvemos misericordiosos con los demás, porque hemos adquirido la experiencia de un Dios que nos perdonó... Y aquel que se siente perdonado está en condiciones de perdonar. De ahí la importancia del hábito del Sacramento de la Reconciliación. Allí, de un modo especial, el Señor nos hace testigos de su amor misericordioso y capaz de perdonar, y nos envía para que también en su Nombre, seamos testigos de ese perdón, perdonando a los demás... No debemos cerrar nunca el corazón a nadie... Como decía un antiguo predicador: “Tenemos que reaccionar siempre amando". Lo cual es muy difícil; pero es posible y tiene que ser una meta para nosotros.
3: "Hemos de invitar a los hermanos a vivir en el Corazón maternal de María, la alegría de la. Reconciliación con Dios y con los hermanos, que comienza en la recepción del Sacramento de la Reconciliación con el cual Dios crea en el hombre un corazón nuevo y se expresa y se proyecta en una verdadera actitud fraterna, donde ya no caben los rencores, las antipatías, los odios; donde la meta de la unidad se propone cada vez más como suprema meta del cristiano.
Los Hechos de los Apóstoles nos proponen vivir el amor en plenitud.
Muchas veces no nos damos cuenta de la necesidad de reconciliarnos: tomamos los enfrentamientos y las divisiones como algo cotidiano, lógico y natural.
Creemos que no hace falta reconciliarnos, porque no conocemos el gozo y el amor de esta actitud; no la ponemos en práctica y entonces seguimos distanciados. Nos cuesta dejar esta forma de ser, esta renuncia... Nos falta reconocernos necesitados de perdón, y perdonar también nosotros y en primer lugar perdonarnos a nosotros mismos.
Sólo podemos vivir reflejándonos en la cruz: saber que estamos ante un Padre amoroso que nos perdona: éste sería el madero vertical. Cuando nos sabemos perdonados, recién podemos extender los brazos en el madero horizontal y reconciliarnos con el hermano.
4: La Gracia nos la da el Sacramento de la Reconciliación. Hay una cosa importante en el Sacramento del Perdón: la manera que tiene Dios de perdonarnos. Nosotros a veces decimos: “Perdono; pero no olvido". Dios perdona y olvida. No es fácil perdonar y olvidar. Es el ejemplo del cirujano, que cuando corta deja una cicatriz. Dios extirpa nuestro mal y no deja ninguna cicatriz: perdona y somos una nueva criatura, como recién bautizados. Queda la pena temporal, debida por los pecados; pero Dios perdona del todo: no nos perdona parcialmente, ni le queda un poquito de enojo por nuestro pecado ¡Pobres de nosotros si no fuera así! Es el hombre el que le da las espaldas a Dios... Pero si nos ponemos frente al Señor, El ilumina con su perdón toda nuestra vida.
5: Dios nos hace crecer interiormente, haciéndonos descubrir que no podemos nada por nosotros mismos... Todo lo que hacemos de bueno es por obra del Espíritu Santo.
El Señor nos vacía de nuestro egoísmo para que nos convenzamos que es de ese modo como El puede actuar: su Gracia, su Poder, su luz, como en María serán también un don para nosotros; si somos humildes, entonces puede hacer maravillas. Pero las hace El, no nosotros. Todo lo que podamos hacer en orden a amar al prójimo, al perdón, a ser fieles a Dios, es fruto de la acción de la Gracia...Somos el Cuerpo de Cristo desde el Bautismo. Entonces, no hay nada más escandaloso que el cuerpo esté dividido. Es lo más incoherente... Somos signo trinitario, somos un cuerpo que está entrelazado por la Gracia y animado por el Espíritu. Lo que debemos hacer es no poner trabas al Espíritu. Es una lucha permanente no poner trabas. En este combate nos ayuda a vencer la oración. Debemos habituarnos a orar sin cesar. Estamos llamados a vivir hondamente una experiencia de oración. Oración es sinónimo de amor, de unión con Dios. ¿Quién está unido a otro? El que ama, el que vive en comunión tan plena que no precisa palabras. Este aprendió el camino de la Reconciliación
6: Pareciera que se va perdiendo el sentido de pecado, y que nadie habla de pecado... Lo que está mal aparece como bueno; y lo que es virtuoso, a veces como despreciable… No es fácil hoy combatir el buen combate de la fe; porque el ambiente que nos rodea no tiene una mentalidad coincidente con el Evangelio que ayude a tener una conciencia clara de lo que está bien y de lo que está mal. Reconciliarnos es saber distinguir el bien del mal sin juzgar a nadie, sino corrigiendo con amor y paciencia... No podrá haber reconciliación sin amor y sin verdad...La verdad siempre la podemos encontrar en la Palabra de Dios y en la Iglesia que es Madre y Maestra. Y el amor reconciliador es fruto de la presencia del Espíritu Santo. Pidamos la capacidad de ser instrumentos de reconciliación de los hombres con Dios y con sus propios hermanos.
Acudamos con frecuencia al Sacramento de la Reconciliación que además de perdonar nuestros pecados, nos capacita para perdonar.
La barca de la Iglesia es la que conduce al puerto. La Iglesia es Cristo y Él es el Salvador. Cuidemos que el cauce eclesial no se rompa en nuestras vidas.
7: En cuanto a la Reconciliación, nos hace bien pensar que la persona que no nos trata bien tiene una historia personal que no conozco, y que sólo Dios conoce. El sabe por qué esa persona actúa así. No conocemos tampoco las circunstancias que está viviendo, y Dios sí las conoce. Cada uno es un misterio para sí mismo y para los demás. Respetemos y amemos ese misterio que es cada hombre.
Siempre la Reconciliación lleva al servicio apostólico; a estar siempre "como el que sirve".
Hija mía, hay almas con sequedad de oración, hay almas con sequedad de amor.
Hay en el mundo, muchas almas gravemente enfermas, porque les falta humildad y no reconocen que viven lejos de Dio.
El Señor, espera a sus hijos, espera la oración y el amor de sus hijos.
Nadie se sienta agobiado, ni tampoco lejos de Dios. Suplicad al Señor, hijos míos:
No pretendo otra cosa
que volver a comenzar,
ten piedad de mí, Señor
y líbrame del mal.
Amén.
Hazlo conocer.
15-12-88 – Mensaje 1576
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