CAPITULO III
LA MANIFESTACIÓN DE LA GLORIA DE DIOS
INTRODUCCIÓN
Cristo, el Hombre Obediente, es para sus hermanos el ideal de su vida. Además, es el Primogénito de un mundo al que nos permite acceder detrás de El. La aparición de Cristo en el mundo y el cumplimiento del Misterio Pascual, introdujeron realmente una novedad, en la condición humana.
Esta novedad no puede ser recibida exclusivamente por la aparición de la Gracia, como si ésta no hubiera existido nunca con anterioridad a Cristo. Se la puede definir con la palabra "Gloria", que es la nueva cualidad de la "Gracia Cristiana".
Muriendo en la Cruz, llevando hasta el final su vida de hombre, abierta de par en par al poder de Dios, al resucitar recibe Jesús el poder de comunicar lo que, paradójicamente, había abandonado: la Gloria que tenía junto al Padre desde toda la eternidad. A partir de entonces, Jesús comunica no sólo Su Gracia, sino su Gloria. En Cristo Resucitado, hemos sido hechos – en el sentido estricto del término - "capaces" de Dios. No somos ya "de la tierra", sino ciudadanos del Cielo; no sólo somos salvados, redimidos, perdonados e indultados, sino también santos, hijos, dados a Luz y glorificados. En lo sucesivo, la humanidad ya no puede conformarse con ser humana; es divina, porque la Gracia bautismal la diviniza, haciéndola partícipe de la naturaleza de Dios.
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