INTRODUCCIÓN
“EL SAGRADO CORAZÓN DE MARIA”
EL CORAZÓN:
Cuando hablamos del Corazón de María como también del Corazón de Cristo Nuestro Señor, no intentamos separar el corazón del resto de la persona, sino que buscamos poner de manifiesto el misterio del amor de Cristo y de María.
En efecto, el corazón es en el lenguaje que nos es familiar el órgano que simboliza el amor.
En la Sagrada Biblia, el corazón es la sede del conocimiento y del amor.
EL SAGRADO CORAZÓN:
- Estamos acostumbrados a hablar del Corazón Inmaculado de María, y lo hacemos a partir del misterio de la Inmaculada Concepción; María, libre de toda mancha de pecado, nos lo ofrece como camino de pureza de vida, invitándonos a una continua conversión.
- En este trabajo, hacemos referencia al "Sagrado Corazón" de María. Jesús, infinitamente Santo, necesitaba un ámbito maternal Sagrado, un seguro refugio y Arca, para ser albergado y un Corazón también Sagrado, que latiera al unísono con El. Convenía realmente, que el Padre así lo hiciera y así lo hizo en María, al constituirla en Arca de la Nueva Alianza, Morada Sagrada de Cristo, Llena de Gracia y dotada de un Corazón Sagrado, similar al de su Hijo.
- Además, el Corazón de María pone de manifiesto en su máxima expresión, el misterio de santidad de su Amor Maternal, en favor de todos los hombres pecadores, que son recibidos en su Corazón, lleno de Gracia; allí purifica a los hijos, los alimenta, los dispone adecuadamente para poderlos presentar luego, al Corazón de Su Hijo.
CORAZÓN GLORIOSO:
Necesariamente la santidad del Corazón de María nos conduce a fijar nuestra mirada en su Dimensión Gloriosa.
María siendo testigo de la Gloria de Cristo Resucitado, participa en el Corazón de su Hijo de su fuerza y luminosidad, como Madre de Cristo Resucitado y esto queda confirmado en su Gloriosa Asunción al Cielo en Cuerpo y Alma.
- En efecto, a partir de ese momento, María participa de la definitiva Gloria del Cielo, junto a su Hijo y desde allí como Madre, con Su Corazón Glorioso, nos invita a nosotros a participar de la Gracia y de la Gloria del Hijo, para que vivamos nuestra filiación divina, hasta |